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Los seres humanos tomamos decisiones todo el tiempo, incluso más de lo que creemos. A algunas las consideramos trascendentales, como escoger una carrera universitaria o comprar un carro. Las tomamos con seriedad, tiempo y raciocinio, las pensamos una y otra vez, comparamos pros y contras y pedimos consejo a los demás. De esas decisiones estamos muy al tanto.

Hay otras decisiones, más frecuentes e igualmente conscientes, pero les otorgamos mucha menos importancia. ¿Cuánto tiempo nos toma decidir ponernos una camisa blanca o una negra? ¿Qué tan difícil es decidir si desayunamos cereal o frutas? Por más complicado que esto pueda llegar a ser, siempre lo será menos que escoger una carrera profesional.

Además de esos dos tipos de deciciones, hay unas menos conscientes, de las que casi nunca nos percatamos o cuando lo hacemos, ya hemos decidido. ¿Por qué me senté precisamente en esa silla del bus? ¿Por qué compré esta marca de shampoo? ¿Por qué estoy leyendo este artículo? Tomamos cientos de decisiones a diario y apenas nos percatamos de algunas.

¿Por qué ocurre esto? Hay una palabra clave: economía, la administración razonable de nuestros bienes. El cerebro es el órgano encargado de esta tarea, y es muy selectivo a la hora de distribuir nuestra energía. Se toma tu tiempo para las grandes decisiones de la vida, pero prácticamente procede en automático cuando debe dar una respuesta rápida o considera que la situación es irrelevante.

Para el primer caso, piense en lo siguiente: va caminando solo, por la madrugada, por una calle muy oscura de un barrio que no conoce. Al final de la cuadra ve a un tipo parado en la esquina, solo, con las manos en los bolsillos. ¿Qué hacer? Es muy probable que de media vuelta y se vaya por donde vino, para evitar algún peligro. ¿Pero por qué es un peligro? ¿Acaso habló usted con la persona? ¿Conoce sus intenciones? Nada de eso, pero la situación parecía amenazante, requería una respuesta rápida y el cerebro optó por seguir patrones emocionales, más rápidos, aunque no siempre efectivos. Algo similar ocurre con las decisiones cotidianas: pensar en qué silla sentarnos o qué marca de shampoo usar no puede convertirse en una larga disertación, así que el cerebro actúa usando también patrones emocionales.

A estas decisiones rápidas, más emocionales que racionales y tomadas con poco rigor, se les llama heurísticos o atajos mentales. Los prejuicios son heurísticos que no necesariamente son malos. Por ejemplo, si antes de salir de casa vemos el cielo con algunas nubes negras, nos llevamos un paragüas, lo cual es un prejuicio porque no tenemos la certeza de que lloverá. Los prejuicios se tornan nocivos cuando a los usamos para personas o situaciones, en especial si estos tienen que ver con el género o el color de piel.

Así las cosas, la mayoría de las decisiones que tomamos son rápidas y emocionales. No se basan en juicios muy elaborados, pero funcionan bastante bien a la hora de hacer compras, evadir peligros o resolver algo urgente. Los investigadores las han estudiado mucho y las usan para ofrecer productos. Es frecuente, por ejemplo, que los almacenes estén llenos de ofertas luminosas que si hacemos los cálculos no representan un gran descuento. Lo que pasa es es que un letrero –casi siempre rojo– indica que se trata de algo muy bueno, o al menos así lo considera nuestro cerebro. En estos casos, el deseo de obtener una ventaja sin mucho esfuerzo nos lleva a tomar decisiones apresuradas.

Emociones como el miedo, la rabia o el odio nos llevan a tomar muchas decisiones rápidas. ¿Y el amor, ahí qué ocurre? El amor tiene una base emocional, pero es más que eso. Funciona más al momento de tomar decisiones bien pensadas, no tanto para el día a día. El inicio del amor –el popular flechazo– sí es bastante emocional, pero dura poco; en cambio, el amor como construcción constante implica sentir empatía, compasión, esperanza, y otras emociones y procesos más complejos, no aptos para las decisiones inmediatas.

Nuestra meta como seres humanos sería aprender a decidir con amor, pero esto es algo tan complejo y arduo que por eso lo dejamos para momentos trascendentales. Porque el amor es bueno, pero no es nada económico.

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